Rabbi Moshe ben Maimon, conocido en occidente como Maimónides (1135-1204), al que Santo Tomás llama justamente Rabbi Moyses, es "el Aristóteles judío de los tiempos medios" (Menéndez Pelayo). En su Guía de perplejos realiza una exégesis filosófica de la Sagrada Escritura, pretendiendo mostrar, como luego hará el Aquinate, la conformidad de la revelación con el discurso racional.En introducción a esta obra, su primer traductor al castellano, el hebraísta David Gonzalo Maeso (1902-1990), dice: "su obra maestra, el Morèh [la Guía], monumento imperecedero de la época, sólo admite paragón, en cuanto a grandiosidad, con la Suma Teológica y la Divina Comedia, cada una en su orden, a cuyos autores precedió en un siglo o más, jalonando así los tres la Historia de la Cultura como figuras máximas señeras de la Baja Edad Media (s. XII, Maimónides; s. XIII, Santo Tomás; s. XIV, Dante Alighieri)."
La Guía de perplejos está precedida por una carta dedicatoria del autor a su discípulo R. Yosef ben Yehudá, aficionado al estudio de la metafísica. Pensando en él, y en otros en su mismo estado, interrumpe Maimonides su discurso con unos consejos didácticos, en los que explica "cinco causas que impiden el estudio directo de las verdades metafísicas" (I,34).
Estas dificultades son: 1) Dificultad, sutileza y profundidad de la materia en sí misma; 2) Común deficiencia mental en los comienzos, dado que el hombre no alcanza, desde un principio su última perfección, existente en él sólo "en potencia", y en los inicios le falta "el acto"; 3) Larga duración de los estudios preparatorios; 4) Las disposiciones naturales; y 5) La ocupación requerida por los menesteres corporales... "particularmente cuando se junta el cuidado de mujer e hijos". Vamos a leer alguna de sus reflexiones:
"El hombre experimenta un deseo natural de llegar hasta las cimas, y a menudo se hastía de los preliminares, mostrándose reacio a su prosecución. Recuerda, no obstante, que si fuera factible alcanzar el término sin los precedentes estudios preparatorios, éstos ya no serían tales, sino meros divertimentos y futilidades. Si despiertas a uno cualquiera, como se despabila al que se halla durmiendo, preguntándole, p.e., si desea de inmediato adquirir conocimiento sobre las esferas celestiales, su número y configuración, y cuál es su contenido; qué son los ángeles, cómo fue creado el mundo en su conjunto y cuál es su finalidad, según la disposición recíproca de sus componentes; qué cosa es el alma y cómo ha aparecido en el cuerpo, si es separable de éste, cómo y por qué procedimiento y en qué condiciones, y otras averiguaciones semejantes, tal individuo se pronunciaría, sin duda alguna, afirmativamente, sentiría un deseo natural de saber cómo son en realidad las cosas, pero querría calmarlo y llegar al conocimiento de todo eso con dos o tres palabras que tú le dijeras. Sin embargo, si le impusieras la obligación de suspender su ocupación durante una semana hasta que pudiese comprender todo ello, no lo haría, contentándose con elusivas fantasías que aquietasen su espíritu, y sentiría contrariedad al oír que hay cosas cuyo conocimiento requiere cantidad de nociones previas y prolongadas investigaciones".
Y concluye Maimónides: "Resultado de todas estas causas es que dichas materias solamente son aptas para un corto número de individuos aislados y selectos, no a la masa, las cuales, por tal motivo, deberán sustraerse al principiante, e impedirle su acceso a las mismas, al modo como se evita dar a un niño pequeño alimentos crasos o que levanten pesos onerosos".
Nótese que esta última comparación con los alimentos infantiles también lo empleaba el judío Pablo en su primera carta a los corintios (3,1-2), que Santo Tomás invoca en el prólogo a la Suma Teológica, y que nosotros hemos adoptado como lema del blog.