Mostrando entradas con la etiqueta Suma: Economía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Suma: Economía. Mostrar todas las entradas

3/11/08

Valor y precio


Al comenzar nuestro repaso a la economía y el derecho decíamos que son ciencias emparentadas entre sí. Para justificar esta afirmación tendríamos que mostrar el lazo que las une. Una explicación sencilla es que su materia es la misma: los negocios en que se comprometen servicios, cosas o dinero. Sin embargo, una explicación rigurosa, metacientífica (o metafísica) debe hallar, por análisis, un principio que las reúna en una unidad superior. Ese principio, como nos sugiere el párvulo Mendrugo, puede ser el bonum, el bien.

Antes de seguir explicaré por qué se ilustra este artículo con una fotografía del gran economista de origen moravo Joseph A. Schumpeter (1883-1950). Su obra mayor es la Historia del análisis económico, editada póstumamente (1954) y traducida al castellano (1971) por Manuel Sacristán. Pues bien, en el capítulo II,2 de la Historia de Schumpeter ("los doctores escolásticos y los filósofos del derecho natural") encontramos una detenida exposición de las discusiones económicas de la escuela, desde la Summa Theologica de Santo Tomás, hasta los teologos de la "escolástica tardía" o de la escuela de Salamanca (singularmente Luís de Molina).

Según Schumpeter, "en los sistemas de teología moral de estos escolásticos tardíos [de los siglos XIV al XVII] la economía conquistó definitivamente si no su existencia autónoma, sí al menos una existencia bien determinada; éstos son los autores de los que con menos incongruencia se puede decir que han sido los "fundadores" de la economía científica (...) La economía del bienestar propia de los doctores escolásticos se enlazaba con su economía "pura" por medio del concepto axial de esta última, el concepto de valor, el cual se basaba también en las "necesidades y su satisfacción" (...) Esos escolásticos descubrieron con inequívoca claridad la teoría de [la] utilidad que ellos consideraban fuente o causa de valor. Molina y Lugo, por ejemplo, fueron tan precisos como lo sería C. Menger al puntualizar que esa utilidad no es una propiedad de los bienes mismos, ni coincide con ninguna de sus cualidades intrínsecas, sino que es reflejo de los usos que los individuos observados se proponen hacer de dichos bienes, y de la importancia que atribuyen a esos usos" (pp. 136-137).

Santo Tomás no esbozó ninguna teoría económica, aunque sus principios subyacen a la discusión escolástica que le siguió (singularmente, el principio de utilidad). Se limitó a recibir la doctrina ética de Aristóteles, y aplicarla a la materia moral [materiam moralem] y al examen de los particulares vicios y virtudes relacionados con el tráfico mercantil. El desarrollo de la doctrina económica y su aproximación a la realidad empírica de los negocios correspondió, como observa Schumpeter, a los escolásticos de los siglos posteriores.

El examen tomista de las transgresiones relativas a los intercambios voluntarios [de peccatis quae sunt circa voluntarias commutationes] se encuentra en dos quaestiones de la Secunda secundae: la q.77, sobre la compraventa ("De fraudulentia quae committitur in emptionibus et venditionibus") y la siguiente q.78, sobre el préstamo ("De peccato usurae"). No nos parece oportuno detenernos en textos tan minuciosos, de los que no extraeríamos ideas útiles; aunque guiados por Schumpeter vamos a comentar con brevedad el artículo 4 de la q.77, sobre la licitud del lucro ("utrum liceat, negotiando, aliquid carius vendere quam emere").

Distingue ahí el Aquinate dos clases de intercambio: 1) Uno, casi natural y necesario, se hace para atender necesidades vitales [commutatio rei ad rem, vel rerum et denariorum, propter necessitatem vitae], y dice que es más propio de las familias o de los gobiernos, porque tienen esa misión de proveer lo necesario para vivir. 2) En cambio, la otra clase de intercambio es más propia de los empresarios y comerciantes, porque persigue obtener un beneficio con la venta de mercancías y manufacturas, o con el trueque monetario [commutatio vel denariorum ad denarios, vel quarumcumque rerum ad denarios, non propter res necessarias vitae, sed propter lucrum quaerendum].

Y dice, siguiendo a Aristóteles, que si los intercambios que se hacen por necesidad son dignos de alabanza, los intercambios mercantiles lo son de vituperio [iuste vituperatur], porque sirven al afán de enriquecimiento, que es incolmable [quia deservit cupiditati lucri, quae terminum nescit sed in infinitum tendit]. Por eso los negocios son deshonrosos [negotiatio, secundum se considerata, quandam turpitudinem habet], aunque son lícitos si con ellos se atienden fines necesarios u honestos, como el de ganarse el sustento, o el de ayudar a los pobres [sicut cum aliquis lucrum moderatum, quod negotiando quaerit, ordinat ad domus suae sustentationem, vel etiam ad subveniendum indigentibus].

Después de este casi telegráfico vistazo a la doctrina económica de los escolásticos, regresamos a la cuestión que planteábamos al comienzo. ¿Qué principio tienen en común la economía y el derecho? Ambas ciencias se refieren a los bienes, en cuanto son objeto de los negocios, es decir la multitud de cambios y contratos que se conciertan en una plaza. El bien es lo que todos quieren [bonum est quod omnia appetunt] (1 S. Th. q.5 a.1), y se denomina bien útil al que se quiere como medio para obtener otra cosa [id quod est appetibile terminans motum appetitus secundum quid, ut medium per quod tenditur in aliud, vocatur utile] (ibidem a.6). Este bien que es útil, porque nos procura el sustento, o incluso el enriquecimiento, y que explica el valor económico de las cosas, funda también la ciencia del derecho, que nace por causa del apetito humano, como pronto vamos a ver.

.

30/10/08

Orden en el estudio de la ciencia económica

La economía, que se nos presenta como un trasiego incesante de bienes, servicios y dinero en distintas trayectorias, es un ejemplo perfecto de sistema dinámico. Cuando observamos la superficie de las actividades económicas, sólo vemos cosas, personas (una cosechadora en un trigal, un pescadero en su puesto del mercado, la oficina de un banco, albañiles currando en una obra, los buques del puerto, camiones que pasan por la carretera, una delegación de hacienda, el consultorio o la escuela de un pueblo). Pero nunca comprenderemos la economía si restringimos nuestra visión a unos procesos concretos. La economía sólo se capta mediante la intuición de su complejidad como un todo. Por eso el economista siempre tiene presente que sus instrumentos de análisis sólo representan caras distintas de un mismo prisma.

Los rasgos no lineales y complejos de los sistemas económicos favorecen su comparación con la hidráulica (así se habla de flujos circulares de renta y dinero), o con los meteoros (de ahí la predilección de la prensa por las metáforas del clima, cuando habla de perturbaciones, borrascas, bonanzas y tsunamis).

La complejidad de la economía, que se sustrae a la representación lineal, explica la dificultad de su abordaje y estudio. Nada en economía viene antes o después de otra cosa, sino que, como en los ciclos naturales, los elementos económicos siguen trayectorias circulares que retornan indefinidamente. La razón más profunda de esta analogía con la naturaleza, es que la economía posee también una dinámica física, describible como un sistema macroscópico que oscila entre equilibrios inestables.

Esta complejidad inherente al objeto económico, hace más crítica la pregunta por el orden con que debe estudiarse esta disciplina, ya que somos limitados, y no se nos ha concedido aprender las ciencias a golpes de pura intuición. Si abrimos cualquier manual que tengamos cerca, por ejemplo el de Samuelson (1948), o el de Mises (1949), comprobaremos que está generalmente aceptado comenzar la exposición de la economía con una definición parecida a la que acuñó el profesor de la London School of Economics Lionel Robbins. La definición de Robbins se ha hecho corriente (es la que nosotros mismos estudiamos en la universidad), lo que prueba que es una definición buena. Pero debemos estar advertidos de que toda definición es un punto de llegada, y que su comprensión exige desandar el camino andado por el autor, explicándola.

Dice Robbins que "la economía es la ciencia que estudia la conducta humana como relación entre fines y medios escasos que tienen usos alternativos" [Economics is a science which studies human behavior as a relationship between ends and scarce means which have alternative uses] ("An Essay on the Nature and Significance of Economic Science", 1932) [enlace al texto original en mises.org].

1. Se trata de una definición analítica, porque descompone el todo de los procesos económicos en sus elementos componentes (la conducta, los medios y los fines, la escasez y la utilidad). Pudiera objetarse entonces que es una definición limitada a una perspectiva (precisamente la de las partes de un todo). Sin embargo, alcanza un grado notable de generalidad. No hay ningún ángulo de corte y observación de los procesos económicos agregados, en que no hallemos presentes siempre estos elementos. Es sugerente pensar que esta definición presenta rasgos holonómicos, porque desde cualquier foco de observación de los procesos, suponemos que somos capaces de explicar su dinámica global.

2. La definición de Robbins es praxeológica (de praxis), porque explica la economía como un resultado de la conducta práctica humana. En un nivel superior, puede pensarse que la agregación de multitud de conductas individuales hace emerger procesos macroscópicos que obedecen a leyes propias, que se desvinculan de las conductas singulares (por ejemplo, mi decisión de comprarme un coche no tiene efectos apreciables en los procesos económicos, pero sí las compras agregadas de la multitud de individuos que, por separado, deciden comprarse un coche). Sin embargo, aún sería cierto que la praxis humana es el elemento universal sin el cual no se da ningún proceso económico observable.

3. Se trata de una definición científica, esto es empírica, fundada en hechos observados, y por tanto valorativamente neutra. Describe la forma óptima de combinar medios escasos para obtener los fines escogidos, pero no prescribe qué propósitos deben perseguirse. Decíamos en nuestro anterior artículo [los problemas económicos] que el problema fundamental de la economía es la distribución de los bienes, y la lucha contra la pobreza. Pero cabe imaginar que se empleasen en cambio los instrumentos de la ciencia económica para enriquecer a clases particulares de individuos. Sin embargo, esta objeción es lo mismo que si nos quejásemos de que la cosmología no explica quién creó el universo, cómo, por qué, y con qué propósito. La economía y la cosmología, por ser ciencias, tienen objetivos modestos (describir cosas, procesos), y por eso la definición de Robbins es completa. A pesar de ello, nunca alcanzaremos una comprensión global de los procesos económicos, si no hacemos una síntesis de las leyes económicas y de los principios de justicia distributiva.

Con estas reflexiones hemos contrastado que en el estudio de la ciencia económica se cumple el orden sugerido por los maestros: desde las cosas y procesos, a los principios y elementos constituyentes. Desde la perspectiva ofrecida por el análisis, obtenemos en síntesis una visión más penetrante e iluminada de los procesos globales. Continuaremos en las próximas entradas haciendo igual contraste con el derecho, para concluir con el objeto de nuestro estudio, la teología.

[Imagen: "Waterfall" (1961), M.C. Escher].

[Vid. Francisco Capella, "Amor a la ignorancia económica"].

.

27/10/08

Los problemas económicos

La ciencia se aprende desde la experiencia con las cosas más conocidas para nosotros [quoad nos] hasta elevarnos a sus principios y elementos (Aristóteles), después de largo trato con los problemas, representaciones y conceptos, hasta que se nos hace la luz y captamos el objeto en su totalidad (Platón), sin perder de vista el fin de nuestro estudio (Santo Tomás), y debatiéndonos en nuestro interior para encontrar los argumentos más útiles a nuestros propósitos (San Anselmo).

Nuestra intención ahora será mostrar que esa ciencia a la que llamamos teología, o discurso sobre Dios, también se aprende de ese modo. Pero nos ha parecido conveniente hacer antes una prueba con dos ciencias emparentadas entre sí, la economía y el derecho, a las que honramos por ser las artes con las que nos ganamos el sustento [pro pane lucrando]. Puesto que lo anterior en el tiempo son las cosas, y sólo después su apropiación por los grupos humanos como bienes suyos, juzgamos que los problemas económicos preceden a los jurídicos. Por eso los vamos a tratar primero.

¿Cómo se aprende la economía? No con el análisis de conceptos, lo que es propio de una ciencia ya adquirida, sino mediante la experiencia directa y consciente de los problemas económicos básicos. El hecho económico más aparente es que los bienes están repartidos de modo desigual. En los grupos humanos más extensos, ese reparto desigual se manifiesta en que hay ricos y pobres (y en general, que hay naciones ricas y pobres). Creemos que la causa última y de fondo de la desigualdad económica es natural (del mismo modo que si hacemos un largo viaje a pie, observaremos que el paisaje cambia, y la humedad y la vegetación de cada paraje es desigual), porque la naturaleza produce órdenes locales mediante la distribución irregular de la materia. Por esta causa una minoría de individuos ricos sólo puede sustentarse en una gran masa correlativa de individuos pobres.

Los primeros tratados de economía se interrogaban sobre las causas de la prosperidad [the wealth of nations]. Sin embargo, tratar sin más de la riqueza (y de su correlato la pobreza) es un enfoque superficial (como sería en medicina reducir la fiebre pero no atacar la infección), porque así no se resuelve el problema fundamental de la relación de los hombres con los bienes, que concierne a todos los pueblos, y no a grupos particulares de individuos. ¿Cuál es ese problema?

La sabiduría de un relato tradicional puede enseñarnos más sobre nuestro mundo que una larga explicación. El milagro de la "multiplicación de los panes y los peces" (Mc 6, 35-44) ilustra muy bien el problema al que estamos apuntando. En el Evangelio se nos cuenta que Jesús y sus discípulos se retiraron a un lugar solitario, "porque eran tantos los que iban y venían, que no tenían ni tiempo para comer". Pero la muchedumbre les seguió para escuchar al Maestro, que "sintió compasión de ellos, pues eran como ovejas sin pastor".

"Como se hacía tarde, los discípulos se acercaron [a Jesús] a decirle: El lugar está despoblado y ya es muy tarde. Despídelos para que vayan a los caseríos y aldeas del contorno y se compren algo de comer. Jesús les replicó: Dadles vosotros de comer. Ellos le contestaron: ¿Cómo vamos a comprar nosotros pan por valor de doscientos denarios para darles de comer? Él les preguntó: ¿Cuántos panes tenéis? Id a ver. Cuando lo averiguaron, le dijeron: Cinco panes y dos peces."

El hambre de la gente es el primer problema económico, porque toca a todos. El segundo, la escasez de medios para remediar el hambre. Leemos que los discípulos sólo tenían cinco panes y dos peces, y se quejaban además de que no podían comprar pan para todos "por valor de doscientos denarios". Y entonces Jesús obra el milagro:

"Jesús mandó que se sentaran todos por grupos sobre la hierba verde, y se sentaron en corros de cien y de cincuenta. Él tomó entonces los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los fue dando a los discípulos para que los distribuyeran. Y también repartió los dos peces entre todos. Comieron todos hasta quedar saciados, y recogieron doce canastos llenos de trozos de pan y de lo que sobró del pescado. Los que comieron los panes eran cinco mil hombres."

El gesto milagroso de Jesús nos enseña el auténtico problema económico fundamental: el reparto y distribución de los bienes. Bien pensado, el mayor portento de aquella tarde no fue la multiplicación de los panes, lo que contradice nuestra experiencia cotidiana, sino que todos comieron hasta quedar saciados. Saciar el hambre de la humanidad nos parece el problema primero y fundante de la economía, muy anterior a otros objetivos secundarios, pero que comúnmente se interpretan como prioridades de la agenda económica (el pleno empleo, la estabilidad de precios o el crecimiento).

La lucha contra la pobreza y el cortejo de problemas que le acompañan (las enfermedades, las guerras, el analfabetismo y las tiranías) es el único objetivo que supone una perspectiva global de los procesos económicos. Cualesquiera otros objetivos que puedan formularse nos parecerán parciales e interesados, y por tanto indignos de fundar una ciencia. En la próxima entrada discutiremos la célebre definición de economía de Lionel Robbins, lo que nos dará ocasión para perfilar conceptos y precisar el orden requerido en el estudio de esta disciplina.

[La traducción del relato del milagro es de Francisco P. Herrero (La Casa de la Biblia). Imagen: mosaico bizantino de los panes y los peces, en
Tabgha].