19/10/08

Enseñar y aprender: Aristóteles

El gran discípulo de Platón, maestro él mismo, y Philosophus por excelencia para Santo Tomás, ha explicado el modo de aprender la ciencia en los primeros párrafos de la Física. Aristóteles introduce en este texto una distinción que aparecerá repetidamente en las obras escolásticas: lo conocible para nosotros [quoad nos] y lo conocible en sí mismo [quoad se]. Según Aristóteles, el aprendizaje de la ciencia debe discurrir desde los fenómenos a los principios: desde lo que conocemos con facilidad por los sentidos (quoad nos) a la naturaleza de las cosas de suyo (quoad se). Leamos este texto capital:

"La vía natural [para investigar los principios, causas y elementos de las cosas] consiste en ir desde lo que es más cognoscible y más claro para nosotros hacia lo que es más claro y más cognoscible por naturaleza; porque lo cognoscible con respecto a nosotros no es lo mismo que lo cognoscible en sentido absoluto. Por eso tenemos que proceder de esta manera: desde lo que es menos claro por naturaleza, pero más claro para nosotros, a lo que es más claro y cognoscible por naturaleza. Las cosas que inicialmente nos son claras y evidentes son más bien confusas; sólo después, cuando las analizamos, llegan a sernos conocidos sus elementos y sus principios. Por ello tenemos que proceder desde las cosas en su conjunto a sus constituyentes particulares; porque un todo es más cognoscible para la sensación, y la cosa en su conjunto es de alguna manera un todo, ya que la cosa en su conjunto comprende una multiplicidad de partes."

Se discute si Aristóteles se separa de su maestro Platón en el orden que debe seguirse en el estudio de la ciencia. Después de haber leído la digresión filosófica de la Carta VII platónica, pensamos que no. Es un prejuicio creer que maestro y discípulo sostuviesen tesis opuestas en todas las cuestiones, y por tanto también sobre la vía que se sigue para conocer. Aquí Aristóteles dice lo mismo: se adquieren las ideas tratando con las cosas. También Platón creía que la intuición de las ideas, como en una iluminación, sólo ocurre después de largo trato con las percepciones e imágenes de las cosas, y de la construcción de sus conceptos y definiciones.

En las próximas entradas de este parvulario, razonaremos que el aprendizaje de las ciencias deben seguir los caminos sugeridos por estos dos filósofos griegos: desde las cosas a los principios. En este aspecto también es deudor, de manera manifiesta, nuestro Santo Tomás. Pero antes, quid de inutilitate?

[La traducción del texto de la Física, libro I, 184a-b, es de Guillermo R. de Echandía].

16/10/08

Enseñar y aprender: Platón

La séptima de las cartas conservadas de Platón, de cuya autoría no se duda, es digna de conocerse porque en ella explica su vida, y los motivos que le llevaron al estudio, al political counseling, y a la enseñanza de sus doctrinas sobre el Bien y la Verdad. En una célebre digresión de su relato [párrafos 340b-344c], Platón nos explica el modo en que, según él, se transmiten los saberes filosóficos, y por qué no son adecuados para enseñarlos más que de palabra, y a un círculo restringido. ¡Pero eso nos lo dice por escrito! Pese a ello, leamosle:

"En todo caso, al menos puedo decir lo siguiente a propósito de todos los que han escrito y escribirán y pretenden ser competentes en las materias por las que yo me intereso, o porque recibieron mis enseñanzas o de otros o porque lo descubrieron personalmente: en mi opinión, es imposible que hayan comprendido nada de la materia. Desde luego, no hay ni habrá nunca una obra mía que trate de estos temas; no se pueden, en efecto, precisar como se hace con otras ciencias, sino que después de una larga convivencia con el problema y después de haber intimado con él, de repente, como la luz que salta de la chispa, surge la verdad en el alma y crece ya espontáneamente. Sin duda, tengo la seguridad de que, tanto por escrito como de viva voz, nadie podría exponer estas materias mejor que yo; pero sé también que, si estuviera mal expuesto, nadie se disgustaría tanto como yo (...). Es necesario, en efecto, aprender ambas cosas a la vez, la verdad y lo falso del ser entero, a costa de mucho trabajo y mucho tiempo, como dije al principio. Y cuando después de muchos esfuerzos se han hecho poner en relación unos con otros cada uno de los distintos elementos, nombres y definiciones, percepciones de la vista y de los demás sentidos, cuando son sometidos a críticas benévolas, en las que no hay mala intención al hacer preguntas ni respuestas, surge de repente la intelección y comprensión de cada objeto con toda la intensidad de que es capaz la fuerza humana. Precisamente por ello cualquier persona seria se guardará muy mucho de confiar por escrito cuestiones serias, exponiéndolas a la malevolencia y a la ignorancia de la gente."

Se aprende por intuición, contemplando las imágenes de las cosas en nuestro interior, hasta que se nos hace la luz, igual que una chispa que saltase entre las neuronas. Las ciencias se enseñan trabajosamente, según el orden que pide la materia, según nos ha dicho Santo Tomás; pero se aprenden después de una larga convivencia con los problemas, las ideas y los conceptos, haciendo el esfuerzo de captar en su totalidad, totum simul, el objeto de nuestro estudio. Saberse las lecciones no es aprenderlas de carrerilla, de momento. Por eso es bueno comenzar así nuestro estudio imitando algo del viejo escepticismo platónico, para moderar nuestra ambición, y para que no nos cansemos de repensar las palabras leídas u oídas.

[El texto de la Carta VII es traducción de Juan Zaragoza].

13/10/08

Del orden que debe seguirse en el estudio


En nuestra vida diaria seguimos un orden en nuestras cosas: hacemos unas tareas antes que otras, posponemos unas y resolvemos comenzar por las que más nos urgen. Así decimos que arreglamos nuestros asuntos. Pues el orden es una forma de componer las acciones y someterlas a una secuencia de pasos, uno tras otro.

En el estudio de las ciencias pasa igual. Interiorizamos el saber oyendo al maestro, leyendo en los libros, observando y palpando las cosas. Nuestra anatomía músculo-esquelética y nuestro aparato sensor (los ojos y oídos, y el tacto) nos fuerzan a captar las ideas de forma serial, paso a paso, peldaño a peldaño, lección a lección. Aunque una vez hecha nuestra la ciencia la contemplemos en el interior de nuestra mente de otra manera, global y holística, porque nuestro cerebro opera seguramente así.

Podemos entonces decir que los saberes son un totum simul, y que sólo en el proceso de darlos a conocer a otras personas, por la palabra, la escritura, el gesto o el dibujo, debemos desplegar la totalidad arrollada de nuestra mente, en una serie escalonada de imágenes, conceptos y palabras. Desde el primer momento los párvulos deben captar la idea de que los conceptos que explicaremos de forma seriada, deben alojarse en sus mentes de manera global, como una figura geométrica autoconsistente.

En su prodigioso prólogo a la Summa, Santo Tomás retrata el peor defecto de la escuela: la confusión y erratismo de las explicaciones. Nos dice haber advertido los muchos obstáculos que impiden aprender a los debutantes en la ciencia: por una parte, la proliferación de temas inútiles [multiplicationem inutilium quaestionum, articulorum et argumentorum], por otra, que los temas que deben conocerse de una ciencia no se explican según el orden que requiere la disciplina [quia ea quae sunt necessaria talibus ad sciendum, non traduntur secundum ordinem disciplinae], y que se explican "a la buena de Dios" [secundum quod se praebebat occasio disputandi] o, en fin, que se repiten demasiado los temas, mosqueando a los estudiantes [quia eorundem frequens repetitio et fastidium et confusionem generabat in animis auditorum].

El propósito declarado de Santo Tomás es exponer los temas de forma concisa y clara, según lo permita la materia [breviter ac dilucide prosequi, secundum quod materia patietur]. Por nuestra parte, desobedeciendo algo su ideal expositivo, dedicaremos aún algunas entradas (o lecciones) a reflexionar un poco más sobre el orden en el estudio de la ciencia.

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9/9/08

Este no es un parvulario cuaquiera...

Atención, párvulos... ¿Habéis planchado ya vuestros babys? ¿Os habéis aprendido ya de memoria la quaestio 1 de la prima pars de la Summa? Sabed que uno de nuestros párvulos más estudiosos, que por ser de Salamanca, es un interno del parvulario, Emilio, nos ha concedido un premio... Y ya se acabó el recreo... Ahora, ¡a estudiar!

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31/8/08

La rentrée del Parvulario Tomista


Amigos, las vacaciones han terminado, y en unos días se reanudan las clases del Parvulario Tomista...

Id desempolvando vuestras Sumas Teológicas, y vuestros diccionarios latinos, que vamos a comenzar fuerte y con las pilas puestas... ¡Ah, y no os olvidéis del baby... (a rayas azules y blancas)!

Principiaremos por el principio: primera parte, primera pregunta, primer artículo... De Sacra Doctrina...

El plazo de admisión está abierto. A los párvulos asistentes que participen con asiduidad, el magister les expedirá un certificado de aprovechamiento...

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4/6/08

Propósito

Comencemos a leer la Suma de Santo Tomás de Aquino. Hemos dado amplios rodeos, quizá por temor reverente, y como si hubiésemos de conquistar una ciudadela (Jos 6,1-21). Pero ya hemos alcanzado el clima que nos dispone a elevarnos a las alturas teológicas del Doctor Angélico.

El prólogo, introducción o proemio de la Suma es un prodigio, en su brevedad y concisión, de experiencia magisterial. Todos cuantos hayan de enseñar, de palabra o por escrito, debieran estudiar estas pocas líneas y penetrar en el sentido de la perfecta "agenda" de un maestro.

Y lo primero que ha de saberse es el propósito del estudio. El de Santo Tomás: transmitir lo que se refiere a la religión Cristiana [ea quae ad Christianam religionem pertinent, tradere]. Debemos estar advertidos de que no son saberes profanos o universales de los que se va a tratar, sino de lo que específicamente concierne al Cristianismo, aunque muchas de sus lecciones están abiertas a toda la humanidad.

1/6/08

Refutación de Heráclito

"Se refiere también de Anaxágoras, que dirigía esta sentencia a algunos de sus amigos: «Los seres son para vosotros tales como los concibáis.» También se pretende que Homero, al parecer, tenía una opinión análoga, porque representa a Héctor delirando por efecto de su herida, tendido en tierra, trastornada su razón; como si creyese que los hombres en delirio tienen también razón, pero que esta razón no es ya la misma. Evidentemente, si el delirio y la razón son ambos la razón, los seres a su vez son a la par lo que son y lo que no son.

"La consecuencia que sale de semejante principio es realmente desconsoladora. Si son éstas, efectivamente, las opiniones de los hombres que mejor han visto toda la verdad posible, y son estos hombres los que la buscan con ardor y que la aman; si tales son las doctrinas que profesan sobre la verdad, ¿cómo abordar sin desaliento los problemas filosóficos? Buscar la verdad, ¿no sería ir en busca de sombras que desaparecen?

"Lo que motiva la opinión de estos filósofos es que, al considerar la verdad en los seres, no han admitido como seres más que las cosas sensibles. Y bien, lo que se encuentra en ellas es principalmente lo indeterminado y aquella especie de ser de que hemos hablado antes. Además, la opinión que profesan es verosímil, pero no verdadera. Esta apreciación es más equitativa que la crítica que Epicarmo hizo de Jenófanes. Por último, como ven que toda la naturaleza sensible está en perpetuo movimiento, y que no se puede juzgar de la verdad de lo que muda, pensaron que no se puede determinar nada verdadero sobre lo que muda sin cesar y en todos sentidos. De estas consideraciones nacieron otras doctrinas llevadas más lejos aún. Por ejemplo, la de los filósofos que se dicen de la escuela de Heráclito; la de Cratilo, que llegaba hasta creer que no es preciso decir nada. Se contentaba con mover un dedo y consideraba como reo de un crimen a Heráclito, por haber dicho que no se pasa dos veces un mismo río; en su opinión no se pasa ni una sola vez.

"Convendremos con los partidarios de este sistema, en que el objeto que muda les da en el acto mismo de cambiar un justo motivo para no creer en su existencia. Aún es posible discutir este punto. La cosa que cesa de ser participa aún de lo que ha dejado de ser, y necesariamente participa ya de aquello que deviene o se hace. En general, si un ser perece, habrá aún en él ser; y si deviene, es indispensable que aquello de donde sale y aquello que le hace devenir tengan una existencia, y que esto no continúe así hasta el infinito."

Aristóteles, Metafísica, IV,5 (1009b-1010a). Traducción de Patricio de Azcárate.

La difícil metafísica: Gershom Scholem

Si hay espíritus más opuestos a los fenomenistas Heráclito y Nietzsche, ésos son los místicos. Ya lo hemos visto en Santo Tomás (las frases que pronunció después de su experiencia en la fiesta de San Nicolás de 1273), y San Juan de la Cruz. Si descendemos un escalón, los metafísicos buscan, desde la experiencia ordinaria de las cosas, lo que nunca cambia. Se sitúan en el terreno intermedio de los saberes más altos y velados, y los más bajos y tangibles. En esa zona intermedia creemos ver las tendencias místicas judías, la Cábala: la intuición de las realidades que se nos ocultan, cifradas en las que se nos revelan.

Reservamos esta coda metafísica para un gran estudioso contemporáneo de la Cábala, Gershom Scholem (Berlin, 1897-Jerusalem, 1982). No fue únicamente profesor, investigador y coleccionista erudito; también tuvo, en la medida que le cupo, su propia visión de las realidades últimas. El párrafo que copio son las últimas palabras de una conversación con Muki Tsur en el invierno de 1973-1974 (traducción de Manuel Abella):

"Los cabalistas sentían algo de forma radical: el hecho de que hay un misterio en el mundo. El mundo es también lo que vemos, pero no se agota en lo que vemos. Los cabalistas eran simbolistas... Esto es lo que defiendo en la Cábala y lo que rechazo en la tecnología. Las concepciones del mundo de tipo tecnológico sostienen que se puede expulsar de la realidad su dimensión simbólica. El hombre de hoy vive en un mundo privado, en el que está recluído, y el simbolismo ha dejado de ser objetivo para convertirse en algo privado, no vinculante. Los símbolos cabalísticos son completamente distintos. En su tiempo, no se limitaban a hablar al individuo, sino que revelaban al mundo una dimensión simbólica. La cuestión es si dicha dimensión puede volver a abrirse en la realidad en la que vive el hombre secularizado... Actualmente nos encontramos en una época distinta, la ciencia avanza a pasos de gigante, pero el problema persistirá. Si el sentimiento de que el mundo esconde un misterio desaparece alguna vez de la humanidad, todo habrá acabado. No creo, en cualquier caso, que lleguemos tan lejos."

29/5/08

La difícil metafísica: Heráclito

Sentencia es de Heráclito que el fin es el origen. Y así vamos a dar término a nuestra pesquisa de la difícil metafísica, remontando el río del discurso humano hasta sus primeras fuentes. Hablemos pues de Heráclito de Éfeso (el Heraclitus de Santo Tomás), que decía que todas las cosas están en constante movimiento y que nada es verdad [qui dixit omnia semper moveri et nihil esse verum], y al que se debe la más notoria metáfora fluvial de la historia del pensamiento: non est possibile aquam fluvii currentis bis tangere.

La obra de Heráclito la conocemos en forma fragmentaria, aforística. Sus frases son enigmas, que consienten interpretaciones dispares. Podemos llamar a Heráclito metafísico, porque se interroga por la naturaleza última o fondo de las cosas aparentes. Tomemos por ejemplo este fragmento (123 D-K):

LA REALIDAD GUSTA DE ESCONDERSE
La frase encierra un interrogante. Si no debemos dar entero crédito a las apariencias (lo que a cada uno parezca bueno o verdadero), ¿se oculta entonces la realidad detrás del continuo ir y venir de los hechos y de las opiniones humanas? Según uno de sus glosadores, San Hipólito (s. IV), "Heráclito en cuenta igual pone y aprecia las cosas aparentes que las inaparentes, como si reconocidamente vinieran a ser una misma cosa lo aparente y lo inaparente".

García Calvo, en su espléndido comentario a los textos heraclitianos, opta por una interpretación materialista: "la pretensión de una phýsis o realidad ajena y anterior a todo lenguaje, independiente de arbitrio y razón, la apelación a algo que está por debajo de las palabras, es justamente la convención y falsedad que constituye la apariencia que los hombres (todos y cada uno) toman como verdad de las cosas y las relaciones".

Nosotros, sin embargo, preferimos vislumbrar otro sentido de la frase, que era el que le daba San Hipólito y la tradición antigua: que lo inaparente y oculto de las cosas es la realidad divina, que se oculta a la mirada superficial. Volviendo al origen del pensar, ahora entendemos mejor qué nos ha querido decir Nietzsche, un nuevo presocrático en este sentido de defensa de la apariencia.

La traducción y comentario de los fragmentos de Heráclito, debidos a Agustín García Calvo (en la imagen, de perfil presocrático y melancolía heraclítea), se encuentran en el libro Razón común (Zamora, Editorial Lucina, 1985, 1999, 2006).

23/5/08

La difícil metafísica: Nietzsche

Penúltima entrada antes de comenzar, como es nuestro propósito, con la Suma Teológica. El panorama sobre la metafísica quedaría incompleto, si no hiciésemos una referencia a sus impugnadores, los materialistas. Los hubo en la antigüedad, para que testimoniasen que la reflexión humana lo mismo se eleva al cielo, que se confunde en la materia. Se cuenta de Platón que procuró silenciar en sus escritos el nombre de su infame competidor, el atomista Demócrito, de cuya extensa obra sólo quedan hoy fragmentos.

En nuestro tiempo la causa antimetafísica ha sido llevada al extremo por Friedrich Nietzsche (1844-1900), figura en la que se reunieron los prejuicios positivos y antiteístas del siglo XIX, y el regreso a la tradición materialista antigua. La negación de la metafísica es la negación de la Verdad que se eleva sobre las mentes de todos los hombres y mujeres. Este fragmento nietzschiano, que rechinará en los oídos de los tomistas, nos parece elocuente:

"Pongo a un lado, con gran reverencia, el nombre de Heráclito. Mientras que el resto del pueblo de los filósofos rechazaba el testimonio de los sentidos porque éstos mostraban pluralidad y modificación, él rechazó su testimonio porque mostraban las cosas como si tuviesen duración y unidad. También Heráclito fue injusto con los sentidos. Estos no mienten ni del modo como creen los eleatas ni del modo como creía él, -no mienten de ninguna manera. Lo que nosotros hacemos de su testimonio, eso es lo que introduce la mentira, por ejemplo la mentira de la unidad, la mentira de la coseidad, de la sustancia, de la duración… La "razón" es la causa de que nosotros falseemos el testimonio de los sentidos. Mostrando el devenir, el perecer, el cambio, los sentidos no mienten… Pero Heráclito tendrá eternamente razón al decir que el ser es una ficción vacía. El mundo "aparente" es el único: el "mundo verdadero" no es más que un añadido mentiroso..."

Friedrich Nietzsche, La "razón" en filosofía, fragmento de Crepúsculo de los ídolos (1888) [Traducción de Andrés Sánchez Pascual].

20/5/08

La difícil metafísica: San Juan de la Cruz

La experiencia mística de Santo Tomás, que le condujo al final de sus días a interrumpir la escritura de la Suma Teológica, nos lleva ahora a San Juan de la Cruz. Una de sus canciones, "Entréme donde no supe", apunta también a los saberes ignotos que superan la razón discursiva. En su sencillez veo que cualquier comentario mío estropearía la gracia cancioneril de los versos sanjuanistas:

Entréme donde no supe,
y quedéme no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.

Yo no supe dónde entraba,
pero, cuando allí me vi,
sin saber dónde me estaba,
grandes cosas entendí;
no diré lo que sentí,
que me quedé no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.

De paz y de piedad
era la ciencia perfecta,
en profunda soledad
entendida, vía recta;
era cosa tan secreta,
que me quedé balbuciendo,
toda ciencia trascendiendo.

Estaba tan embebido,
tan absorto y ajenado,
que se quedó mi sentido
de todo sentir privado,
y el espíritu dotado
de un entender no entendiendo,
toda ciencia trascendiendo.

El que allí llega de vero
de sí mismo desfallece;
cuanto sabía primero
mucho bajo le parece,
y su ciencia tanto crece,
que se queda no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.

Cuanto más alto se sube,
tanto menos se entendía,
que es la tenebrosa nube
que a la noche esclarecía;
por eso quien la sabía
queda siempre no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.

Este saber no sabiendo
es de tan alto poder,
que los sabios arguyendo
jamás le pueden vencer;
que no llega su saber
a no entender entendiendo,
toda ciencia trascendiendo.

Y es de tan alta excelencia
aqueste sumo saber,
que no hay facultad ni ciencia
que le puedan emprender;
quien se supiere vencer
con un no saber sabiendo,
irá siempre trascendiendo.

Y si lo queréis oír,
consiste esta suma ciencia
en un subido sentir
de la divinal esencia;
es obra de su clemencia
hacer quedar no entendiendo,
toda ciencia trascendiendo.

14/5/08

La difícil metafísica: Santo Tomás

Ya se ha comentado de pasada en este blog el hecho más enigmático de la vida de Santo Tomás, la postración nerviosa que sufrió después de la misa del día de San Nicolás (6 de diciembre) de 1273. Fue testigo su secretario, fray Reginaldo de Piperno. Un testimonio indirecto es del napolitano Bartolomé de Capua, que declaró lo que le contó su confesor fray Juan Giudice, que a su vez lo oyó en el lecho de muerte de fray Reginaldo de Piperno. La declaración de Bartolomé de Capua en el proceso de canonización (1319-1321) fue la siguiente:

"Celebrando misa en la capilla de San Nicolás, fue conmovido por un maravilloso cambio y después nunca escribió ni dictó nada. Es más, retiró todos los instrumentos de escribir. Estaba trabajando en la tercera parte de la Suma, el tratado de la penitencia. Viendo fray Reginaldo que el maestro había cesado de escribir, le dijo: "Padre, ¿por qué dejas una obra tan grande que redundaría en alabanza a Dios y sería para luz del mundo?". A lo que respondió el maestro: "Reginaldo, no puedo". Temiendo fray Reginaldo que tanto estudio le hubiera debilitado la mente, le insistía siempre para que continuase escribiendo. Y fray Tomás le respondía: "Reginaldo, no puedo, porque todo lo que he escrito me parece paja". Y añadió fray Tomás, después de mucha insistencia de su secretario: "Todo lo que he escrito me parece paja respecto de lo que he visto y me ha sido revelado".

Así pues ese día Santo Tomás tuvo una experiencia misteriosa, secreta, oculta (que eso quiere decir mística), que por eso mismo no nos podemos explicar bien. Pero nos interesa reflexionar un momento desde este lado de la experiencia mundana, si tuvo motivo Santo Tomás en despreciar su obra escrita, considerándola poco menos que basura.

La Suma Teológica es admirable, pero no es más que el producto de la mente de un hombre que vivió en nuestra tierra, en nuestro tiempo. Es una obra genial, pero es obra humana. Como tal, Tomás de Aquino debía mucho a los filósofos que le precedieron, comenzando por Platón y Aristóteles. Casi se le podría reducir a la condición de peripatético (nunca aprenderemos bastante de su modestia intelectual). Y la sucesión en los últimos siete siglos de estudiosos de su obra, los tomistas, atestigua que Tomás no fue un ángel, sino tan sólo un hombre al que podemos entender, porque hablaba nuestro propio lenguaje y razonaba como nosotros.

Lo que puede alcanzar la mente del hombre para explicar los misterios, incluso una mente genial como la de Tomás, es bien modesto. El gesto del maestro, arrojando a un lado sus escritos como si fuesen basura y desperdicio, nos enseña a comprender el corto alcance de la especulación filosófica en su esfuerzo comprensivo de la realidad. Siempre quedarán fuera de nuestra mirada zonas en sombra y caras ocultas de las cosas, y permanecerá velada para nosotros la razón última de que exista la realidad.

Los diversos testimonios del proceso de canonización, pueden leerse en la biografía de Santo Tomás de Aquino, del profesor Eudaldo Forment, El oficio de sabio (Barcelona, Editorial Ariel, 2007, páginas 210-216).

11/5/08

La dificil metafísica: Maimónides

Rabbi Moshe ben Maimon, conocido en occidente como Maimónides (1135-1204), al que Santo Tomás llama justamente Rabbi Moyses, es "el Aristóteles judío de los tiempos medios" (Menéndez Pelayo). En su Guía de perplejos realiza una exégesis filosófica de la Sagrada Escritura, pretendiendo mostrar, como luego hará el Aquinate, la conformidad de la revelación con el discurso racional.

En introducción a esta obra, su primer traductor al castellano, el hebraísta David Gonzalo Maeso (1902-1990), dice: "su obra maestra, el Morèh [la Guía], monumento imperecedero de la época, sólo admite paragón, en cuanto a grandiosidad, con la Suma Teológica y la Divina Comedia, cada una en su orden, a cuyos autores precedió en un siglo o más, jalonando así los tres la Historia de la Cultura como figuras máximas señeras de la Baja Edad Media (s. XII, Maimónides; s. XIII, Santo Tomás; s. XIV, Dante Alighieri)."

La Guía de perplejos está precedida por una carta dedicatoria del autor a su discípulo R. Yosef ben Yehudá, aficionado al estudio de la metafísica. Pensando en él, y en otros en su mismo estado, interrumpe Maimonides su discurso con unos consejos didácticos, en los que explica "cinco causas que impiden el estudio directo de las verdades metafísicas" (I,34).

Estas dificultades son: 1) Dificultad, sutileza y profundidad de la materia en sí misma; 2) Común deficiencia mental en los comienzos, dado que el hombre no alcanza, desde un principio su última perfección, existente en él sólo "en potencia", y en los inicios le falta "el acto"; 3) Larga duración de los estudios preparatorios; 4) Las disposiciones naturales; y 5) La ocupación requerida por los menesteres corporales... "particularmente cuando se junta el cuidado de mujer e hijos". Vamos a leer alguna de sus reflexiones:

"El hombre experimenta un deseo natural de llegar hasta las cimas, y a menudo se hastía de los preliminares, mostrándose reacio a su prosecución. Recuerda, no obstante, que si fuera factible alcanzar el término sin los precedentes estudios preparatorios, éstos ya no serían tales, sino meros divertimentos y futilidades. Si despiertas a uno cualquiera, como se despabila al que se halla durmiendo, preguntándole, p.e., si desea de inmediato adquirir conocimiento sobre las esferas celestiales, su número y configuración, y cuál es su contenido; qué son los ángeles, cómo fue creado el mundo en su conjunto y cuál es su finalidad, según la disposición recíproca de sus componentes; qué cosa es el alma y cómo ha aparecido en el cuerpo, si es separable de éste, cómo y por qué procedimiento y en qué condiciones, y otras averiguaciones semejantes, tal individuo se pronunciaría, sin duda alguna, afirmativamente, sentiría un deseo natural de saber cómo son en realidad las cosas, pero querría calmarlo y llegar al conocimiento de todo eso con dos o tres palabras que tú le dijeras. Sin embargo, si le impusieras la obligación de suspender su ocupación durante una semana hasta que pudiese comprender todo ello, no lo haría, contentándose con elusivas fantasías que aquietasen su espíritu, y sentiría contrariedad al oír que hay cosas cuyo conocimiento requiere cantidad de nociones previas y prolongadas investigaciones".

Y concluye Maimónides: "Resultado de todas estas causas es que dichas materias solamente son aptas para un corto número de individuos aislados y selectos, no a la masa, las cuales, por tal motivo, deberán sustraerse al principiante, e impedirle su acceso a las mismas, al modo como se evita dar a un niño pequeño alimentos crasos o que levanten pesos onerosos".

Nótese que esta última comparación con los alimentos infantiles también lo empleaba el judío Pablo en su primera carta a los corintios (3,1-2), que Santo Tomás invoca en el prólogo a la Suma Teológica, y que nosotros hemos adoptado como lema del blog.

10/5/08

La difícil metafísica: Avicena

Abu ‘Ali al-Husayn ibn Sina, latinizado Avicena (980-1037), fue un médico y filósofo persa, formado en la tradición de los filósofos antiguos griegos. En su biografía, que relató a su discípulo Gowzganí, nos cuenta una anécdota digna de recuerdo, que describe muy bien las cuitas de los aprendices en la difícil metafísica. Héla aquí:

“Habiendo alcanzado la maestría en lógica, física y matemática, me incliné después al estudio de la metafísica, leyendo el libro de la Metafísica de Aristóteles, pero sin entender nada; las intenciones de su autor me parecían oscuras; tanto, que releí dicho libro de cabo a rabo más de cuarenta veces hasta el extremo de saberlo de memoria, pero sin alcanzar ni su sentido, ni su fin. Desesperando de comprenderlo por mí mismo, me dije: “no hay modo de entender este libro”.

“Una tarde, al pasar por el bazar de los libreros, un vendedor se me acercó con un libro en la mano voceando su precio y me lo ofreció; pero descorazonado lo rechacé, convencido de que no había mérito alguno en aquella ciencia. Pero el vendedor insistía diciendo: “compra este libro que es barato; su dueño está en apuros, te lo vendo por tres dirhemes”. Lo compré: se trataba del libro de Abu Nasr al-Farabí titulado
Fi agrad Aristú fi kitab Ma ba’d al-tabi’a. Volví a casa y me apresuré a leerlo; inmediatamente se me descubrieron las intenciones de dicho libro, que ya me sabía de memoria. Contento por ello, el día siguiente di limosna crecida a los pobres en acción de gracias a Dios ¡ensalzado sea!”.

Con el ejemplo de Avicena se aprenden también las cualidades morales del estudiante y del filósofo: deben ser pacientes en el estudio, leer y releer sin descanso, y aguardar la iluminación inesperada que les hagan comprender lo que tantas veces habrán estudiado sin captar su sentido. Y por último, no menos importante, deben ser piadosos, y compasivos con los pobres y menos afortunados.

La traducción del texto árabe es del profesor Miguel Cruz Hernández (Málaga, 1920): La vida de Avicena como introducción a su pensamiento (Salamanca, Anthema Ediciones, 1997).