Mostrando entradas con la etiqueta Autores: Aristóteles. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Autores: Aristóteles. Mostrar todas las entradas

19/10/08

Enseñar y aprender: Aristóteles

El gran discípulo de Platón, maestro él mismo, y Philosophus por excelencia para Santo Tomás, ha explicado el modo de aprender la ciencia en los primeros párrafos de la Física. Aristóteles introduce en este texto una distinción que aparecerá repetidamente en las obras escolásticas: lo conocible para nosotros [quoad nos] y lo conocible en sí mismo [quoad se]. Según Aristóteles, el aprendizaje de la ciencia debe discurrir desde los fenómenos a los principios: desde lo que conocemos con facilidad por los sentidos (quoad nos) a la naturaleza de las cosas de suyo (quoad se). Leamos este texto capital:

"La vía natural [para investigar los principios, causas y elementos de las cosas] consiste en ir desde lo que es más cognoscible y más claro para nosotros hacia lo que es más claro y más cognoscible por naturaleza; porque lo cognoscible con respecto a nosotros no es lo mismo que lo cognoscible en sentido absoluto. Por eso tenemos que proceder de esta manera: desde lo que es menos claro por naturaleza, pero más claro para nosotros, a lo que es más claro y cognoscible por naturaleza. Las cosas que inicialmente nos son claras y evidentes son más bien confusas; sólo después, cuando las analizamos, llegan a sernos conocidos sus elementos y sus principios. Por ello tenemos que proceder desde las cosas en su conjunto a sus constituyentes particulares; porque un todo es más cognoscible para la sensación, y la cosa en su conjunto es de alguna manera un todo, ya que la cosa en su conjunto comprende una multiplicidad de partes."

Se discute si Aristóteles se separa de su maestro Platón en el orden que debe seguirse en el estudio de la ciencia. Después de haber leído la digresión filosófica de la Carta VII platónica, pensamos que no. Es un prejuicio creer que maestro y discípulo sostuviesen tesis opuestas en todas las cuestiones, y por tanto también sobre la vía que se sigue para conocer. Aquí Aristóteles dice lo mismo: se adquieren las ideas tratando con las cosas. También Platón creía que la intuición de las ideas, como en una iluminación, sólo ocurre después de largo trato con las percepciones e imágenes de las cosas, y de la construcción de sus conceptos y definiciones.

En las próximas entradas de este parvulario, razonaremos que el aprendizaje de las ciencias deben seguir los caminos sugeridos por estos dos filósofos griegos: desde las cosas a los principios. En este aspecto también es deudor, de manera manifiesta, nuestro Santo Tomás. Pero antes, quid de inutilitate?

[La traducción del texto de la Física, libro I, 184a-b, es de Guillermo R. de Echandía].

1/6/08

Refutación de Heráclito

"Se refiere también de Anaxágoras, que dirigía esta sentencia a algunos de sus amigos: «Los seres son para vosotros tales como los concibáis.» También se pretende que Homero, al parecer, tenía una opinión análoga, porque representa a Héctor delirando por efecto de su herida, tendido en tierra, trastornada su razón; como si creyese que los hombres en delirio tienen también razón, pero que esta razón no es ya la misma. Evidentemente, si el delirio y la razón son ambos la razón, los seres a su vez son a la par lo que son y lo que no son.

"La consecuencia que sale de semejante principio es realmente desconsoladora. Si son éstas, efectivamente, las opiniones de los hombres que mejor han visto toda la verdad posible, y son estos hombres los que la buscan con ardor y que la aman; si tales son las doctrinas que profesan sobre la verdad, ¿cómo abordar sin desaliento los problemas filosóficos? Buscar la verdad, ¿no sería ir en busca de sombras que desaparecen?

"Lo que motiva la opinión de estos filósofos es que, al considerar la verdad en los seres, no han admitido como seres más que las cosas sensibles. Y bien, lo que se encuentra en ellas es principalmente lo indeterminado y aquella especie de ser de que hemos hablado antes. Además, la opinión que profesan es verosímil, pero no verdadera. Esta apreciación es más equitativa que la crítica que Epicarmo hizo de Jenófanes. Por último, como ven que toda la naturaleza sensible está en perpetuo movimiento, y que no se puede juzgar de la verdad de lo que muda, pensaron que no se puede determinar nada verdadero sobre lo que muda sin cesar y en todos sentidos. De estas consideraciones nacieron otras doctrinas llevadas más lejos aún. Por ejemplo, la de los filósofos que se dicen de la escuela de Heráclito; la de Cratilo, que llegaba hasta creer que no es preciso decir nada. Se contentaba con mover un dedo y consideraba como reo de un crimen a Heráclito, por haber dicho que no se pasa dos veces un mismo río; en su opinión no se pasa ni una sola vez.

"Convendremos con los partidarios de este sistema, en que el objeto que muda les da en el acto mismo de cambiar un justo motivo para no creer en su existencia. Aún es posible discutir este punto. La cosa que cesa de ser participa aún de lo que ha dejado de ser, y necesariamente participa ya de aquello que deviene o se hace. En general, si un ser perece, habrá aún en él ser; y si deviene, es indispensable que aquello de donde sale y aquello que le hace devenir tengan una existencia, y que esto no continúe así hasta el infinito."

Aristóteles, Metafísica, IV,5 (1009b-1010a). Traducción de Patricio de Azcárate.

7/5/08

La difícil metafísica: Aristóteles

En el debate del último post, un párvulo preguntaba sobre la conveniencia de leer, de estudiar, los Fundamentos de Filosofía de Antonio Millán-Puelles. Pensamos que Santo Tomás demanda, y da por sabidos, los saberes naturales de su tiempo, que eran los del mundo antiguo. Leer a Tomás supone familiaridad con un idioma filosófico (de ente et essentia), que muchos aprendimos temprano, siendo escolares (en cierto modo nunca hemos abandonado la condición parvular). Así que, igual que pretendemos leer a Santo Tomás de manera directa, también recomendamos la lectura sin mediaciones de los maestros de la antigüedad, y entre ellos Aristóteles, el Philosophus por antonomasia en el texto tomista.

Nuestra navegación a las más elevadas esferas del saber se inicia con una pregunta: ¿Qué es la Metafísica? Porque lo que tenemos a mano y a la vista son las cosas físicas, objeto de nuestros sentidos. ¿Y qué cosas son objeto de la metafísica, que escapan a las restricciones naturales del espacio y del tiempo? La exigencia de depurarnos para superar la barrera de los sentidos es, pensamos, la máxima dificultad metafísica, y sobre ello versarán nuestros próximos comentarios: el primero sobre Aristóteles.

No es accidental que Aristóteles recurra en este texto a una imagen zoológica (un murciélago). Además de sus preferencias de biólogo, hay que pensar en razones más profundas. Tal vez porque la última explicación de lo que sea la vida resida en instancias metafísicas: vivir es ser lo que somos, y saberlo confusamente, como murciélagos a la luz del día. Veamos el texto:

"El estudio acerca de la Verdad es difícil en cierto sentido, y en cierto sentido, fácil. Prueba de ello es que no es posible ni que alguien la alcance plenamente ni que yerren todos, sino que cada uno logra decir algo acerca de la Naturaleza. Y que si bien cada uno en particular contribuye a ella poco o nada, de todos conjuntamente resulta una cierta magnitud. Conque, si nos hallamos realmente al respecto como decimos con el refrán "¿quién no atinaría disparando a una puerta?", en este sentido la verdad es fácil; pero el hecho de alcanzarla en su conjunto, sin ser capaces de alcanzar una parte de ella, pone de manifiesto la dificultad de la misma. Y posiblemente, puesto que la dificultad es de dos tipos, la causa de ésta no está en las cosas, sino en nosotros mismos. En efecto, como los ojos del murciélago respecto de la luz del día, así se comporta el entendimiento de nuestra alma respecto de las cosas que, por naturaleza, son las más evidentes de todas".

Aristóteles, Metafísica II,1 (993b). Traducción de Tomás Calvo Martínez.