6/11/08

El arte de lo bueno y lo equitativo

Como hemos hecho con la economía, el entendimiento del derecho debe proceder mediante aproximación a fenómenos que nos son familiares, con rasgos propios a los que convencionalmente llamamos jurídicos. Sin embargo sería un truismo afirmar que "el derecho se ocupa de los problemas jurídicos". Por eso se trata ahora de localizar y describir esos problemas, o quaestiones de iure, y elevarnos desde ahí a los principios de la ciencia que los explica.

Podemos comenzar de forma provisoria con la definición del jurisconsulto romano Celso: el derecho es el arte de lo bueno y lo equitativo [ius est ars boni et aequi]. Aparece al principio del tratado de iure de Santo Tomás (2-2 S. Th. q. 57), lo que nos asegura de su acierto. Uno de los términos de esta definición, el bonum (lo que todos quieren), es principio común al derecho y a la economía, como ya hemos visto. Nos queda pues ocuparnos del segundo término de la definición, que singulariza al derecho: el aequum, lo equitativo.

El derecho se refiere a la manera de vivir de los hombres (mores), que persiguen sus medios de vida (bona) en pie de igualdad (aeque). Así, el derecho se presenta como una particular relación de los hombres con los bienes. Vamos a ilustrar ahora estas ideas, como antes hicimos con la economía, con un relato de los evangelios: la parábola de los obreros de la viña (Mt 20, 1-16). Dice así:

"Un propietario salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña. Habiéndose ajustado con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Salió luego hacia la hora tercia y al ver a otros que estaban en la plaza parados, les dijo: "Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo." Y ellos fueron. Volvió a salir a la hora sexta y a la nona e hizo lo mismo. Todavía salió a eso de la hora undécima y, al encontar a otros que estaban allí, les dice: "¿Por qué estáis aquí todo el día parados?" Dícenle: "Es que nadie nos ha contratado." Díceles: "Id también vosotros a la viña."

Hasta aquí todo nos parece en orden. Hemos asistido a un ritual típico de los pueblos: el labrador que contrata en la plaza a unos braceros. Repárese en lo que les prometía: "os daré lo que sea justo". Oigamos ahora cómo se ajustaron cuentas al final del día:

"Al atardecer, dice el dueño de la viña a su administrador: "Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros." Vinieron, pues, los de la hora undécima y cobraron un denario cada uno. Al venir los primeros pensaron que cobrarían más, pero ellos también cobraron un denario cada uno. "

Leemos esto, y nos decimos: no es justo. La conducta del dueño contradice nuestro sentimiento de cómo debería procederse en ese caso, porque tenemos inculcada la regla de que "a trabajo igual, salario igual". Eso es lo equitativo, y por eso no nos sorprende cómo reaccionaron los obreros:

"Y al cobrarlo, murmuraban contra el propietario, diciendo: "Estos últimos no han trabajado más que una hora, y les pagas como a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el calor."

Hoy diríamos que los obreros plantearon un conflicto colectivo por discrepar del método de remuneración del trabajo. ¿No nos parece razonable su queja?

"Pero él contestó a uno de ellos: "Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No te ajustaste conmigo en un denario? Pues toma lo tuyo y vete. Por mi parte, quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno?"

Acabamos de asistir a una controversia sobre el cumplimiento de un pacto. El dueño de la viña y los obreros perseguían, segun la palabra dada, intereses opuestos: el dueño, que se hiciese la faena de la viña, y los obreros, que se les pagase el salario. El derecho es el medio de componer las controversias sobre los bienes, aunque sus respuestas no siempre nos parezcan justas, como en el caso relatado en la parábola, en que el dueño se erige en árbitro que dirime el pleito a su propio favor.

En este mundo en que de manera constante se frustran las expectativas de igualdad entre los hombres, nuestra comprensión de la ciencia jurídica nos demanda una explicación de cómo se relaciona el derecho, "el arte de lo bueno y lo equitativo", con la justicia, puesto que muchas veces advertimos que se dan soluciones jurídicas injustas a los conflictos. Sobre esta cuestión nos detendremos un buen trecho.

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3/11/08

Valor y precio


Al comenzar nuestro repaso a la economía y el derecho decíamos que son ciencias emparentadas entre sí. Para justificar esta afirmación tendríamos que mostrar el lazo que las une. Una explicación sencilla es que su materia es la misma: los negocios en que se comprometen servicios, cosas o dinero. Sin embargo, una explicación rigurosa, metacientífica (o metafísica) debe hallar, por análisis, un principio que las reúna en una unidad superior. Ese principio, como nos sugiere el párvulo Mendrugo, puede ser el bonum, el bien.

Antes de seguir explicaré por qué se ilustra este artículo con una fotografía del gran economista de origen moravo Joseph A. Schumpeter (1883-1950). Su obra mayor es la Historia del análisis económico, editada póstumamente (1954) y traducida al castellano (1971) por Manuel Sacristán. Pues bien, en el capítulo II,2 de la Historia de Schumpeter ("los doctores escolásticos y los filósofos del derecho natural") encontramos una detenida exposición de las discusiones económicas de la escuela, desde la Summa Theologica de Santo Tomás, hasta los teologos de la "escolástica tardía" o de la escuela de Salamanca (singularmente Luís de Molina).

Según Schumpeter, "en los sistemas de teología moral de estos escolásticos tardíos [de los siglos XIV al XVII] la economía conquistó definitivamente si no su existencia autónoma, sí al menos una existencia bien determinada; éstos son los autores de los que con menos incongruencia se puede decir que han sido los "fundadores" de la economía científica (...) La economía del bienestar propia de los doctores escolásticos se enlazaba con su economía "pura" por medio del concepto axial de esta última, el concepto de valor, el cual se basaba también en las "necesidades y su satisfacción" (...) Esos escolásticos descubrieron con inequívoca claridad la teoría de [la] utilidad que ellos consideraban fuente o causa de valor. Molina y Lugo, por ejemplo, fueron tan precisos como lo sería C. Menger al puntualizar que esa utilidad no es una propiedad de los bienes mismos, ni coincide con ninguna de sus cualidades intrínsecas, sino que es reflejo de los usos que los individuos observados se proponen hacer de dichos bienes, y de la importancia que atribuyen a esos usos" (pp. 136-137).

Santo Tomás no esbozó ninguna teoría económica, aunque sus principios subyacen a la discusión escolástica que le siguió (singularmente, el principio de utilidad). Se limitó a recibir la doctrina ética de Aristóteles, y aplicarla a la materia moral [materiam moralem] y al examen de los particulares vicios y virtudes relacionados con el tráfico mercantil. El desarrollo de la doctrina económica y su aproximación a la realidad empírica de los negocios correspondió, como observa Schumpeter, a los escolásticos de los siglos posteriores.

El examen tomista de las transgresiones relativas a los intercambios voluntarios [de peccatis quae sunt circa voluntarias commutationes] se encuentra en dos quaestiones de la Secunda secundae: la q.77, sobre la compraventa ("De fraudulentia quae committitur in emptionibus et venditionibus") y la siguiente q.78, sobre el préstamo ("De peccato usurae"). No nos parece oportuno detenernos en textos tan minuciosos, de los que no extraeríamos ideas útiles; aunque guiados por Schumpeter vamos a comentar con brevedad el artículo 4 de la q.77, sobre la licitud del lucro ("utrum liceat, negotiando, aliquid carius vendere quam emere").

Distingue ahí el Aquinate dos clases de intercambio: 1) Uno, casi natural y necesario, se hace para atender necesidades vitales [commutatio rei ad rem, vel rerum et denariorum, propter necessitatem vitae], y dice que es más propio de las familias o de los gobiernos, porque tienen esa misión de proveer lo necesario para vivir. 2) En cambio, la otra clase de intercambio es más propia de los empresarios y comerciantes, porque persigue obtener un beneficio con la venta de mercancías y manufacturas, o con el trueque monetario [commutatio vel denariorum ad denarios, vel quarumcumque rerum ad denarios, non propter res necessarias vitae, sed propter lucrum quaerendum].

Y dice, siguiendo a Aristóteles, que si los intercambios que se hacen por necesidad son dignos de alabanza, los intercambios mercantiles lo son de vituperio [iuste vituperatur], porque sirven al afán de enriquecimiento, que es incolmable [quia deservit cupiditati lucri, quae terminum nescit sed in infinitum tendit]. Por eso los negocios son deshonrosos [negotiatio, secundum se considerata, quandam turpitudinem habet], aunque son lícitos si con ellos se atienden fines necesarios u honestos, como el de ganarse el sustento, o el de ayudar a los pobres [sicut cum aliquis lucrum moderatum, quod negotiando quaerit, ordinat ad domus suae sustentationem, vel etiam ad subveniendum indigentibus].

Después de este casi telegráfico vistazo a la doctrina económica de los escolásticos, regresamos a la cuestión que planteábamos al comienzo. ¿Qué principio tienen en común la economía y el derecho? Ambas ciencias se refieren a los bienes, en cuanto son objeto de los negocios, es decir la multitud de cambios y contratos que se conciertan en una plaza. El bien es lo que todos quieren [bonum est quod omnia appetunt] (1 S. Th. q.5 a.1), y se denomina bien útil al que se quiere como medio para obtener otra cosa [id quod est appetibile terminans motum appetitus secundum quid, ut medium per quod tenditur in aliud, vocatur utile] (ibidem a.6). Este bien que es útil, porque nos procura el sustento, o incluso el enriquecimiento, y que explica el valor económico de las cosas, funda también la ciencia del derecho, que nace por causa del apetito humano, como pronto vamos a ver.

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30/10/08

Orden en el estudio de la ciencia económica

La economía, que se nos presenta como un trasiego incesante de bienes, servicios y dinero en distintas trayectorias, es un ejemplo perfecto de sistema dinámico. Cuando observamos la superficie de las actividades económicas, sólo vemos cosas, personas (una cosechadora en un trigal, un pescadero en su puesto del mercado, la oficina de un banco, albañiles currando en una obra, los buques del puerto, camiones que pasan por la carretera, una delegación de hacienda, el consultorio o la escuela de un pueblo). Pero nunca comprenderemos la economía si restringimos nuestra visión a unos procesos concretos. La economía sólo se capta mediante la intuición de su complejidad como un todo. Por eso el economista siempre tiene presente que sus instrumentos de análisis sólo representan caras distintas de un mismo prisma.

Los rasgos no lineales y complejos de los sistemas económicos favorecen su comparación con la hidráulica (así se habla de flujos circulares de renta y dinero), o con los meteoros (de ahí la predilección de la prensa por las metáforas del clima, cuando habla de perturbaciones, borrascas, bonanzas y tsunamis).

La complejidad de la economía, que se sustrae a la representación lineal, explica la dificultad de su abordaje y estudio. Nada en economía viene antes o después de otra cosa, sino que, como en los ciclos naturales, los elementos económicos siguen trayectorias circulares que retornan indefinidamente. La razón más profunda de esta analogía con la naturaleza, es que la economía posee también una dinámica física, describible como un sistema macroscópico que oscila entre equilibrios inestables.

Esta complejidad inherente al objeto económico, hace más crítica la pregunta por el orden con que debe estudiarse esta disciplina, ya que somos limitados, y no se nos ha concedido aprender las ciencias a golpes de pura intuición. Si abrimos cualquier manual que tengamos cerca, por ejemplo el de Samuelson (1948), o el de Mises (1949), comprobaremos que está generalmente aceptado comenzar la exposición de la economía con una definición parecida a la que acuñó el profesor de la London School of Economics Lionel Robbins. La definición de Robbins se ha hecho corriente (es la que nosotros mismos estudiamos en la universidad), lo que prueba que es una definición buena. Pero debemos estar advertidos de que toda definición es un punto de llegada, y que su comprensión exige desandar el camino andado por el autor, explicándola.

Dice Robbins que "la economía es la ciencia que estudia la conducta humana como relación entre fines y medios escasos que tienen usos alternativos" [Economics is a science which studies human behavior as a relationship between ends and scarce means which have alternative uses] ("An Essay on the Nature and Significance of Economic Science", 1932) [enlace al texto original en mises.org].

1. Se trata de una definición analítica, porque descompone el todo de los procesos económicos en sus elementos componentes (la conducta, los medios y los fines, la escasez y la utilidad). Pudiera objetarse entonces que es una definición limitada a una perspectiva (precisamente la de las partes de un todo). Sin embargo, alcanza un grado notable de generalidad. No hay ningún ángulo de corte y observación de los procesos económicos agregados, en que no hallemos presentes siempre estos elementos. Es sugerente pensar que esta definición presenta rasgos holonómicos, porque desde cualquier foco de observación de los procesos, suponemos que somos capaces de explicar su dinámica global.

2. La definición de Robbins es praxeológica (de praxis), porque explica la economía como un resultado de la conducta práctica humana. En un nivel superior, puede pensarse que la agregación de multitud de conductas individuales hace emerger procesos macroscópicos que obedecen a leyes propias, que se desvinculan de las conductas singulares (por ejemplo, mi decisión de comprarme un coche no tiene efectos apreciables en los procesos económicos, pero sí las compras agregadas de la multitud de individuos que, por separado, deciden comprarse un coche). Sin embargo, aún sería cierto que la praxis humana es el elemento universal sin el cual no se da ningún proceso económico observable.

3. Se trata de una definición científica, esto es empírica, fundada en hechos observados, y por tanto valorativamente neutra. Describe la forma óptima de combinar medios escasos para obtener los fines escogidos, pero no prescribe qué propósitos deben perseguirse. Decíamos en nuestro anterior artículo [los problemas económicos] que el problema fundamental de la economía es la distribución de los bienes, y la lucha contra la pobreza. Pero cabe imaginar que se empleasen en cambio los instrumentos de la ciencia económica para enriquecer a clases particulares de individuos. Sin embargo, esta objeción es lo mismo que si nos quejásemos de que la cosmología no explica quién creó el universo, cómo, por qué, y con qué propósito. La economía y la cosmología, por ser ciencias, tienen objetivos modestos (describir cosas, procesos), y por eso la definición de Robbins es completa. A pesar de ello, nunca alcanzaremos una comprensión global de los procesos económicos, si no hacemos una síntesis de las leyes económicas y de los principios de justicia distributiva.

Con estas reflexiones hemos contrastado que en el estudio de la ciencia económica se cumple el orden sugerido por los maestros: desde las cosas y procesos, a los principios y elementos constituyentes. Desde la perspectiva ofrecida por el análisis, obtenemos en síntesis una visión más penetrante e iluminada de los procesos globales. Continuaremos en las próximas entradas haciendo igual contraste con el derecho, para concluir con el objeto de nuestro estudio, la teología.

[Imagen: "Waterfall" (1961), M.C. Escher].

[Vid. Francisco Capella, "Amor a la ignorancia económica"].

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27/10/08

Los problemas económicos

La ciencia se aprende desde la experiencia con las cosas más conocidas para nosotros [quoad nos] hasta elevarnos a sus principios y elementos (Aristóteles), después de largo trato con los problemas, representaciones y conceptos, hasta que se nos hace la luz y captamos el objeto en su totalidad (Platón), sin perder de vista el fin de nuestro estudio (Santo Tomás), y debatiéndonos en nuestro interior para encontrar los argumentos más útiles a nuestros propósitos (San Anselmo).

Nuestra intención ahora será mostrar que esa ciencia a la que llamamos teología, o discurso sobre Dios, también se aprende de ese modo. Pero nos ha parecido conveniente hacer antes una prueba con dos ciencias emparentadas entre sí, la economía y el derecho, a las que honramos por ser las artes con las que nos ganamos el sustento [pro pane lucrando]. Puesto que lo anterior en el tiempo son las cosas, y sólo después su apropiación por los grupos humanos como bienes suyos, juzgamos que los problemas económicos preceden a los jurídicos. Por eso los vamos a tratar primero.

¿Cómo se aprende la economía? No con el análisis de conceptos, lo que es propio de una ciencia ya adquirida, sino mediante la experiencia directa y consciente de los problemas económicos básicos. El hecho económico más aparente es que los bienes están repartidos de modo desigual. En los grupos humanos más extensos, ese reparto desigual se manifiesta en que hay ricos y pobres (y en general, que hay naciones ricas y pobres). Creemos que la causa última y de fondo de la desigualdad económica es natural (del mismo modo que si hacemos un largo viaje a pie, observaremos que el paisaje cambia, y la humedad y la vegetación de cada paraje es desigual), porque la naturaleza produce órdenes locales mediante la distribución irregular de la materia. Por esta causa una minoría de individuos ricos sólo puede sustentarse en una gran masa correlativa de individuos pobres.

Los primeros tratados de economía se interrogaban sobre las causas de la prosperidad [the wealth of nations]. Sin embargo, tratar sin más de la riqueza (y de su correlato la pobreza) es un enfoque superficial (como sería en medicina reducir la fiebre pero no atacar la infección), porque así no se resuelve el problema fundamental de la relación de los hombres con los bienes, que concierne a todos los pueblos, y no a grupos particulares de individuos. ¿Cuál es ese problema?

La sabiduría de un relato tradicional puede enseñarnos más sobre nuestro mundo que una larga explicación. El milagro de la "multiplicación de los panes y los peces" (Mc 6, 35-44) ilustra muy bien el problema al que estamos apuntando. En el Evangelio se nos cuenta que Jesús y sus discípulos se retiraron a un lugar solitario, "porque eran tantos los que iban y venían, que no tenían ni tiempo para comer". Pero la muchedumbre les seguió para escuchar al Maestro, que "sintió compasión de ellos, pues eran como ovejas sin pastor".

"Como se hacía tarde, los discípulos se acercaron [a Jesús] a decirle: El lugar está despoblado y ya es muy tarde. Despídelos para que vayan a los caseríos y aldeas del contorno y se compren algo de comer. Jesús les replicó: Dadles vosotros de comer. Ellos le contestaron: ¿Cómo vamos a comprar nosotros pan por valor de doscientos denarios para darles de comer? Él les preguntó: ¿Cuántos panes tenéis? Id a ver. Cuando lo averiguaron, le dijeron: Cinco panes y dos peces."

El hambre de la gente es el primer problema económico, porque toca a todos. El segundo, la escasez de medios para remediar el hambre. Leemos que los discípulos sólo tenían cinco panes y dos peces, y se quejaban además de que no podían comprar pan para todos "por valor de doscientos denarios". Y entonces Jesús obra el milagro:

"Jesús mandó que se sentaran todos por grupos sobre la hierba verde, y se sentaron en corros de cien y de cincuenta. Él tomó entonces los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los fue dando a los discípulos para que los distribuyeran. Y también repartió los dos peces entre todos. Comieron todos hasta quedar saciados, y recogieron doce canastos llenos de trozos de pan y de lo que sobró del pescado. Los que comieron los panes eran cinco mil hombres."

El gesto milagroso de Jesús nos enseña el auténtico problema económico fundamental: el reparto y distribución de los bienes. Bien pensado, el mayor portento de aquella tarde no fue la multiplicación de los panes, lo que contradice nuestra experiencia cotidiana, sino que todos comieron hasta quedar saciados. Saciar el hambre de la humanidad nos parece el problema primero y fundante de la economía, muy anterior a otros objetivos secundarios, pero que comúnmente se interpretan como prioridades de la agenda económica (el pleno empleo, la estabilidad de precios o el crecimiento).

La lucha contra la pobreza y el cortejo de problemas que le acompañan (las enfermedades, las guerras, el analfabetismo y las tiranías) es el único objetivo que supone una perspectiva global de los procesos económicos. Cualesquiera otros objetivos que puedan formularse nos parecerán parciales e interesados, y por tanto indignos de fundar una ciencia. En la próxima entrada discutiremos la célebre definición de economía de Lionel Robbins, lo que nos dará ocasión para perfilar conceptos y precisar el orden requerido en el estudio de esta disciplina.

[La traducción del relato del milagro es de Francisco P. Herrero (La Casa de la Biblia). Imagen: mosaico bizantino de los panes y los peces, en
Tabgha].

24/10/08

Guerra de ideas

Nos explicaba Santo Tomás que una forma de curiosidad inútil e improductiva consiste en intentar resolver problemas que superan nuestra mente (2-2 S. Th. q.167). El "argumento" de San Anselmo de Canterbury trata de eso precisamente: de cómo alcanzar la última frontera de nuestra capacidad intelectual. El proemio del Proslogion describe con gran viveza el debate interior de quien persigue ideas útiles:

"Empecé a pensar si no me sería posible llegar por mí mismo a un único argumento que no necesitara de ningún otro sino sólo de sí mismo y que bastara para fundamentar que Dios existe verdaderamente... Desde entonces me entregaba frecuentemente y con entusiasmo a esta cavilación, y a veces me parecía que podía aprehender lo que inquiría, y otras, que ello huía por completo de la penetración de mi mente. Finalmente, perdiendo toda esperanza, quise abandonar la búsqueda de algo a lo que parecía imposible llegar. Como temía que esta cavilación ocupara inútilmente mi espíritu impidiéndome progresar en otras cuestiones en las que podía avanzar con provecho, quise alejarla completamente de mi [sed cum illam cogitationem, ne mentem meam frustra occupando ab aliis, in quibus proficere possem, impediret, penitus a me vellem excludere]. Y precisamente entonces, contra mi voluntad y a pesar de mi resistencia, empezó, con cierta insidia, a asediarme cada vez más. Un día que me encontraba cansado de resistir con todas mis fuerzas esta insidia [eius importunitati], se me brindó, en el mismo tumulto de mis cavilaciones [in ipso cogitationum conflictu], aquello de lo que ya desesperaba, y entonces lo acogí con tanto entusiasmo como empeño había puesto antes en ahuyentarlo."

San Anselmo de Canterbury: Proslogion (proemio) [latin library] (traducción castellana de Judit Ribas y Jordi Corominas).

22/10/08

De inutilitate

Nos decía Santo Tomás en el prólogo de la Suma que la proliferación de temas inútiles [multiplicationem inutilium quaestionum] impide aprender a los novatos. Siendo advertencia tan importante, no debemos dar por hecho que sabemos centrarnos en los problemas útiles. De ahí que hagamos una breve reflexión sobre la utilidad de los estudios. Por ejemplo, decimos que una investigación nos parece poco prometedora, si sospechamos que no producirá nuevos conocimientos que ayuden a explicar un problema: será, según creemos, una investigación inútil. Lo que nos hace pensar que lo útil nos sirve para algo, y lo inútil, no.

Explica Santo Tomás (1-2 S. Th. q. 16 a.3) que usar [uti] consiste en emplear una cosa para algo [applicationem alicuius ad aliquid]. Lo que se emplea para algo, es porque tiene su razón en un fin [se habet in ratione eius quod est ad finem]. Así, el uso siempre se refiere a lo que está destinado a una finalidad [semper est eius quod est ad finem]. Por eso se llaman útiles [utilia] las cosas que se acomodan a un fin [ea quae sunt ad finem accommoda].

Si de lo que hablamos es de los estudios, diremos que son estudios útiles los orientados a su finalidad, que es el objeto que investigamos, e inútiles, los que nos hacen dar rodeos, interrupciones, o nos llevan a vías muertas. Por eso no debemos perder nunca de vista en nuestros estudios su finalidad, y comenzar los temas sabiendo, aunque sea oscuramente, dónde queremos llegar.

El peligro de dispersarnos en asuntos inútiles, lleva a plantearnos la necesidad de moderar la curiosidad en nuestros estudios. Santo Tomás nos enseña que la curiosidad [curiositas], que no hay que confundir con el afán moderado del estudio [studiositas] es un vicio, porque ser curiosos sin moderación no es propio de nuestra dignidad. El bien del hombre consiste en conocer lo verdadero [bonum hominis consistit in cognitione veri], aunque el sumo bien del hombre no consiste en conocer cualquier verdad, sino en el conocimiento perfecto de la suma verdad [in perfecta cognitione summae veritatis] (2-2 S. Th. q. 167 a.1 ad 1).

Son cuatro, según el Aquinate, los modos en que se desordena el afán de estudiar, y se hacen inútiles los estudios:

1. Desviarse de los estudios obligatorios, a otros menos útiles [inquantum per studium minus utile retrahuntur a studio quod eis ex necessitate incumbit] (por ejemplo, ocupar el tiempo leyendo noveluchas, en lugar de estudiar el manual de la asignatura).

2. Investigar cosas prohibidas (Santo Tomás pone el ejemplo del "ocultismo": de his qui aliqua futura a daemonibus perquirunt, quae est superstitiosa curiositas).

3. Estudiar la naturaleza olvidando que ha sido creada por Dios [quando homo appetit cognoscere veritatem circa creaturas non referendo ad debitum finem, scilicet ad cognitionem Dei].

4. Quien estudia problemas que superan su capacidad intelectual, lo que provoca incurrir con facilidad en el error [inquantum aliquis studet ad cognoscendam veritatem supra propii ingenii facultatem].

[Imagen vía: modern mechanix]

19/10/08

Enseñar y aprender: Aristóteles

El gran discípulo de Platón, maestro él mismo, y Philosophus por excelencia para Santo Tomás, ha explicado el modo de aprender la ciencia en los primeros párrafos de la Física. Aristóteles introduce en este texto una distinción que aparecerá repetidamente en las obras escolásticas: lo conocible para nosotros [quoad nos] y lo conocible en sí mismo [quoad se]. Según Aristóteles, el aprendizaje de la ciencia debe discurrir desde los fenómenos a los principios: desde lo que conocemos con facilidad por los sentidos (quoad nos) a la naturaleza de las cosas de suyo (quoad se). Leamos este texto capital:

"La vía natural [para investigar los principios, causas y elementos de las cosas] consiste en ir desde lo que es más cognoscible y más claro para nosotros hacia lo que es más claro y más cognoscible por naturaleza; porque lo cognoscible con respecto a nosotros no es lo mismo que lo cognoscible en sentido absoluto. Por eso tenemos que proceder de esta manera: desde lo que es menos claro por naturaleza, pero más claro para nosotros, a lo que es más claro y cognoscible por naturaleza. Las cosas que inicialmente nos son claras y evidentes son más bien confusas; sólo después, cuando las analizamos, llegan a sernos conocidos sus elementos y sus principios. Por ello tenemos que proceder desde las cosas en su conjunto a sus constituyentes particulares; porque un todo es más cognoscible para la sensación, y la cosa en su conjunto es de alguna manera un todo, ya que la cosa en su conjunto comprende una multiplicidad de partes."

Se discute si Aristóteles se separa de su maestro Platón en el orden que debe seguirse en el estudio de la ciencia. Después de haber leído la digresión filosófica de la Carta VII platónica, pensamos que no. Es un prejuicio creer que maestro y discípulo sostuviesen tesis opuestas en todas las cuestiones, y por tanto también sobre la vía que se sigue para conocer. Aquí Aristóteles dice lo mismo: se adquieren las ideas tratando con las cosas. También Platón creía que la intuición de las ideas, como en una iluminación, sólo ocurre después de largo trato con las percepciones e imágenes de las cosas, y de la construcción de sus conceptos y definiciones.

En las próximas entradas de este parvulario, razonaremos que el aprendizaje de las ciencias deben seguir los caminos sugeridos por estos dos filósofos griegos: desde las cosas a los principios. En este aspecto también es deudor, de manera manifiesta, nuestro Santo Tomás. Pero antes, quid de inutilitate?

[La traducción del texto de la Física, libro I, 184a-b, es de Guillermo R. de Echandía].

16/10/08

Enseñar y aprender: Platón

La séptima de las cartas conservadas de Platón, de cuya autoría no se duda, es digna de conocerse porque en ella explica su vida, y los motivos que le llevaron al estudio, al political counseling, y a la enseñanza de sus doctrinas sobre el Bien y la Verdad. En una célebre digresión de su relato [párrafos 340b-344c], Platón nos explica el modo en que, según él, se transmiten los saberes filosóficos, y por qué no son adecuados para enseñarlos más que de palabra, y a un círculo restringido. ¡Pero eso nos lo dice por escrito! Pese a ello, leamosle:

"En todo caso, al menos puedo decir lo siguiente a propósito de todos los que han escrito y escribirán y pretenden ser competentes en las materias por las que yo me intereso, o porque recibieron mis enseñanzas o de otros o porque lo descubrieron personalmente: en mi opinión, es imposible que hayan comprendido nada de la materia. Desde luego, no hay ni habrá nunca una obra mía que trate de estos temas; no se pueden, en efecto, precisar como se hace con otras ciencias, sino que después de una larga convivencia con el problema y después de haber intimado con él, de repente, como la luz que salta de la chispa, surge la verdad en el alma y crece ya espontáneamente. Sin duda, tengo la seguridad de que, tanto por escrito como de viva voz, nadie podría exponer estas materias mejor que yo; pero sé también que, si estuviera mal expuesto, nadie se disgustaría tanto como yo (...). Es necesario, en efecto, aprender ambas cosas a la vez, la verdad y lo falso del ser entero, a costa de mucho trabajo y mucho tiempo, como dije al principio. Y cuando después de muchos esfuerzos se han hecho poner en relación unos con otros cada uno de los distintos elementos, nombres y definiciones, percepciones de la vista y de los demás sentidos, cuando son sometidos a críticas benévolas, en las que no hay mala intención al hacer preguntas ni respuestas, surge de repente la intelección y comprensión de cada objeto con toda la intensidad de que es capaz la fuerza humana. Precisamente por ello cualquier persona seria se guardará muy mucho de confiar por escrito cuestiones serias, exponiéndolas a la malevolencia y a la ignorancia de la gente."

Se aprende por intuición, contemplando las imágenes de las cosas en nuestro interior, hasta que se nos hace la luz, igual que una chispa que saltase entre las neuronas. Las ciencias se enseñan trabajosamente, según el orden que pide la materia, según nos ha dicho Santo Tomás; pero se aprenden después de una larga convivencia con los problemas, las ideas y los conceptos, haciendo el esfuerzo de captar en su totalidad, totum simul, el objeto de nuestro estudio. Saberse las lecciones no es aprenderlas de carrerilla, de momento. Por eso es bueno comenzar así nuestro estudio imitando algo del viejo escepticismo platónico, para moderar nuestra ambición, y para que no nos cansemos de repensar las palabras leídas u oídas.

[El texto de la Carta VII es traducción de Juan Zaragoza].

13/10/08

Del orden que debe seguirse en el estudio


En nuestra vida diaria seguimos un orden en nuestras cosas: hacemos unas tareas antes que otras, posponemos unas y resolvemos comenzar por las que más nos urgen. Así decimos que arreglamos nuestros asuntos. Pues el orden es una forma de componer las acciones y someterlas a una secuencia de pasos, uno tras otro.

En el estudio de las ciencias pasa igual. Interiorizamos el saber oyendo al maestro, leyendo en los libros, observando y palpando las cosas. Nuestra anatomía músculo-esquelética y nuestro aparato sensor (los ojos y oídos, y el tacto) nos fuerzan a captar las ideas de forma serial, paso a paso, peldaño a peldaño, lección a lección. Aunque una vez hecha nuestra la ciencia la contemplemos en el interior de nuestra mente de otra manera, global y holística, porque nuestro cerebro opera seguramente así.

Podemos entonces decir que los saberes son un totum simul, y que sólo en el proceso de darlos a conocer a otras personas, por la palabra, la escritura, el gesto o el dibujo, debemos desplegar la totalidad arrollada de nuestra mente, en una serie escalonada de imágenes, conceptos y palabras. Desde el primer momento los párvulos deben captar la idea de que los conceptos que explicaremos de forma seriada, deben alojarse en sus mentes de manera global, como una figura geométrica autoconsistente.

En su prodigioso prólogo a la Summa, Santo Tomás retrata el peor defecto de la escuela: la confusión y erratismo de las explicaciones. Nos dice haber advertido los muchos obstáculos que impiden aprender a los debutantes en la ciencia: por una parte, la proliferación de temas inútiles [multiplicationem inutilium quaestionum, articulorum et argumentorum], por otra, que los temas que deben conocerse de una ciencia no se explican según el orden que requiere la disciplina [quia ea quae sunt necessaria talibus ad sciendum, non traduntur secundum ordinem disciplinae], y que se explican "a la buena de Dios" [secundum quod se praebebat occasio disputandi] o, en fin, que se repiten demasiado los temas, mosqueando a los estudiantes [quia eorundem frequens repetitio et fastidium et confusionem generabat in animis auditorum].

El propósito declarado de Santo Tomás es exponer los temas de forma concisa y clara, según lo permita la materia [breviter ac dilucide prosequi, secundum quod materia patietur]. Por nuestra parte, desobedeciendo algo su ideal expositivo, dedicaremos aún algunas entradas (o lecciones) a reflexionar un poco más sobre el orden en el estudio de la ciencia.

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9/9/08

Este no es un parvulario cuaquiera...

Atención, párvulos... ¿Habéis planchado ya vuestros babys? ¿Os habéis aprendido ya de memoria la quaestio 1 de la prima pars de la Summa? Sabed que uno de nuestros párvulos más estudiosos, que por ser de Salamanca, es un interno del parvulario, Emilio, nos ha concedido un premio... Y ya se acabó el recreo... Ahora, ¡a estudiar!

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31/8/08

La rentrée del Parvulario Tomista


Amigos, las vacaciones han terminado, y en unos días se reanudan las clases del Parvulario Tomista...

Id desempolvando vuestras Sumas Teológicas, y vuestros diccionarios latinos, que vamos a comenzar fuerte y con las pilas puestas... ¡Ah, y no os olvidéis del baby... (a rayas azules y blancas)!

Principiaremos por el principio: primera parte, primera pregunta, primer artículo... De Sacra Doctrina...

El plazo de admisión está abierto. A los párvulos asistentes que participen con asiduidad, el magister les expedirá un certificado de aprovechamiento...

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4/6/08

Propósito

Comencemos a leer la Suma de Santo Tomás de Aquino. Hemos dado amplios rodeos, quizá por temor reverente, y como si hubiésemos de conquistar una ciudadela (Jos 6,1-21). Pero ya hemos alcanzado el clima que nos dispone a elevarnos a las alturas teológicas del Doctor Angélico.

El prólogo, introducción o proemio de la Suma es un prodigio, en su brevedad y concisión, de experiencia magisterial. Todos cuantos hayan de enseñar, de palabra o por escrito, debieran estudiar estas pocas líneas y penetrar en el sentido de la perfecta "agenda" de un maestro.

Y lo primero que ha de saberse es el propósito del estudio. El de Santo Tomás: transmitir lo que se refiere a la religión Cristiana [ea quae ad Christianam religionem pertinent, tradere]. Debemos estar advertidos de que no son saberes profanos o universales de los que se va a tratar, sino de lo que específicamente concierne al Cristianismo, aunque muchas de sus lecciones están abiertas a toda la humanidad.

1/6/08

Refutación de Heráclito

"Se refiere también de Anaxágoras, que dirigía esta sentencia a algunos de sus amigos: «Los seres son para vosotros tales como los concibáis.» También se pretende que Homero, al parecer, tenía una opinión análoga, porque representa a Héctor delirando por efecto de su herida, tendido en tierra, trastornada su razón; como si creyese que los hombres en delirio tienen también razón, pero que esta razón no es ya la misma. Evidentemente, si el delirio y la razón son ambos la razón, los seres a su vez son a la par lo que son y lo que no son.

"La consecuencia que sale de semejante principio es realmente desconsoladora. Si son éstas, efectivamente, las opiniones de los hombres que mejor han visto toda la verdad posible, y son estos hombres los que la buscan con ardor y que la aman; si tales son las doctrinas que profesan sobre la verdad, ¿cómo abordar sin desaliento los problemas filosóficos? Buscar la verdad, ¿no sería ir en busca de sombras que desaparecen?

"Lo que motiva la opinión de estos filósofos es que, al considerar la verdad en los seres, no han admitido como seres más que las cosas sensibles. Y bien, lo que se encuentra en ellas es principalmente lo indeterminado y aquella especie de ser de que hemos hablado antes. Además, la opinión que profesan es verosímil, pero no verdadera. Esta apreciación es más equitativa que la crítica que Epicarmo hizo de Jenófanes. Por último, como ven que toda la naturaleza sensible está en perpetuo movimiento, y que no se puede juzgar de la verdad de lo que muda, pensaron que no se puede determinar nada verdadero sobre lo que muda sin cesar y en todos sentidos. De estas consideraciones nacieron otras doctrinas llevadas más lejos aún. Por ejemplo, la de los filósofos que se dicen de la escuela de Heráclito; la de Cratilo, que llegaba hasta creer que no es preciso decir nada. Se contentaba con mover un dedo y consideraba como reo de un crimen a Heráclito, por haber dicho que no se pasa dos veces un mismo río; en su opinión no se pasa ni una sola vez.

"Convendremos con los partidarios de este sistema, en que el objeto que muda les da en el acto mismo de cambiar un justo motivo para no creer en su existencia. Aún es posible discutir este punto. La cosa que cesa de ser participa aún de lo que ha dejado de ser, y necesariamente participa ya de aquello que deviene o se hace. En general, si un ser perece, habrá aún en él ser; y si deviene, es indispensable que aquello de donde sale y aquello que le hace devenir tengan una existencia, y que esto no continúe así hasta el infinito."

Aristóteles, Metafísica, IV,5 (1009b-1010a). Traducción de Patricio de Azcárate.

La difícil metafísica: Gershom Scholem

Si hay espíritus más opuestos a los fenomenistas Heráclito y Nietzsche, ésos son los místicos. Ya lo hemos visto en Santo Tomás (las frases que pronunció después de su experiencia en la fiesta de San Nicolás de 1273), y San Juan de la Cruz. Si descendemos un escalón, los metafísicos buscan, desde la experiencia ordinaria de las cosas, lo que nunca cambia. Se sitúan en el terreno intermedio de los saberes más altos y velados, y los más bajos y tangibles. En esa zona intermedia creemos ver las tendencias místicas judías, la Cábala: la intuición de las realidades que se nos ocultan, cifradas en las que se nos revelan.

Reservamos esta coda metafísica para un gran estudioso contemporáneo de la Cábala, Gershom Scholem (Berlin, 1897-Jerusalem, 1982). No fue únicamente profesor, investigador y coleccionista erudito; también tuvo, en la medida que le cupo, su propia visión de las realidades últimas. El párrafo que copio son las últimas palabras de una conversación con Muki Tsur en el invierno de 1973-1974 (traducción de Manuel Abella):

"Los cabalistas sentían algo de forma radical: el hecho de que hay un misterio en el mundo. El mundo es también lo que vemos, pero no se agota en lo que vemos. Los cabalistas eran simbolistas... Esto es lo que defiendo en la Cábala y lo que rechazo en la tecnología. Las concepciones del mundo de tipo tecnológico sostienen que se puede expulsar de la realidad su dimensión simbólica. El hombre de hoy vive en un mundo privado, en el que está recluído, y el simbolismo ha dejado de ser objetivo para convertirse en algo privado, no vinculante. Los símbolos cabalísticos son completamente distintos. En su tiempo, no se limitaban a hablar al individuo, sino que revelaban al mundo una dimensión simbólica. La cuestión es si dicha dimensión puede volver a abrirse en la realidad en la que vive el hombre secularizado... Actualmente nos encontramos en una época distinta, la ciencia avanza a pasos de gigante, pero el problema persistirá. Si el sentimiento de que el mundo esconde un misterio desaparece alguna vez de la humanidad, todo habrá acabado. No creo, en cualquier caso, que lleguemos tan lejos."