
En el debate del último post, un
párvulo preguntaba sobre la conveniencia de leer, de estudiar, los
Fundamentos de Filosofía de
Antonio Millán-Puelles. Pensamos que Santo Tomás demanda, y da por sabidos, los saberes naturales de su tiempo, que eran los del mundo antiguo. Leer a Tomás supone familiaridad con un idioma filosófico
(de ente et essentia), que muchos aprendimos temprano, siendo escolares (en cierto modo nunca hemos abandonado la condición
parvular). Así que, igual que pretendemos leer a Santo Tomás de manera directa, también recomendamos la lectura sin mediaciones de los maestros de la antigüedad, y entre ellos Aristóteles, el
Philosophus por antonomasia en el texto tomista.
Nuestra navegación a las más elevadas esferas del saber se inicia con una pregunta:
¿Qué es la Metafísica? Porque lo que tenemos a mano y a la vista son las cosas físicas, objeto de nuestros sentidos. ¿Y qué cosas son objeto de la metafísica, que escapan a las restricciones naturales del espacio y del tiempo? La exigencia de depurarnos para superar la barrera de los sentidos es, pensamos, la máxima dificultad metafísica, y sobre ello versarán nuestros próximos comentarios: el primero sobre Aristóteles.
No es accidental que Aristóteles recurra en este texto a una imagen zoológica (un murciélago). Además de sus preferencias de biólogo, hay que pensar en razones más profundas. Tal vez porque la última explicación de lo que sea la vida resida en instancias metafísicas: vivir es ser lo que somos, y saberlo confusamente, como murciélagos a la luz del día. Veamos el texto:
"El estudio acerca de la Verdad es difícil en cierto sentido, y en cierto sentido, fácil. Prueba de ello es que no es posible ni que alguien la alcance plenamente ni que yerren todos, sino que cada uno logra decir algo acerca de la Naturaleza. Y que si bien cada uno en particular contribuye a ella poco o nada, de todos conjuntamente resulta una cierta magnitud. Conque, si nos hallamos realmente al respecto como decimos con el refrán "¿quién no atinaría disparando a una puerta?", en este sentido la verdad es fácil; pero el hecho de alcanzarla en su conjunto, sin ser capaces de alcanzar una parte de ella, pone de manifiesto la dificultad de la misma. Y posiblemente, puesto que la dificultad es de dos tipos, la causa de ésta no está en las cosas, sino en nosotros mismos. En efecto, como los ojos del murciélago respecto de la luz del día, así se comporta el entendimiento de nuestra alma respecto de las cosas que, por naturaleza, son las más evidentes de todas".
Aristóteles, Metafísica II,1 (993b). Traducción de Tomás Calvo Martínez.